Más allá de los astros titilantes,
los relámpagos truenan en mudez;
se dejan ver los rayos temerosos,
que se apagan sin nunca sucumbir.
Una aurora ante el ojo del creyente
vibra, y en ella sola una luz brilla.
En ese espacio sin frontera brotas,
donde la paz habita y nada vivo.
Ahí suspira la luz del hacedor
y el milagro constante del florecer.