En los rigores de Agosto,
la noche de San Lorenzo,
llega una lluvia de estrellas
que viene desde Perseo
trayendo germen de vida.
Un resto de roca, hielo,
y sucio carbón de estrellas
que en explosiones han muerto
recorre súbitamente
la esfera de terciopelo
de solemne oscuridad.
Luego, al cruzar el cielo,
como una mágica lámpara
que al frotar surgiera el genio,
el asteroide se inflama
evaporándose en vuelo,
creando una efímera estela
de luz que siembra deseos
e impulsa las ilusiones
de los que cultivan sueños.
Los deseos se propagan
por sembrados y barbechos,
ríos, mares y montañas,
selvas, pueblos y desiertos;
sobre mozas casaderas,
con ojos como luceros
que en la noche se iluminan
incendiándose con fuego
que viene de las estrellas
y los visten de un misterio
cautivador y atractivo.
¡Muchacha!, pide un deseo
antes que la ocasión pase
por tus ojos llorosos luego.
Date prisa, no respires,
proyecta claro tu anhelo.
Aguarda un momento, ¡mira!,
qué magnífico renuevo
en Andrómeda se pierde.
Has agotado los ruegos
en esta noche sin Luna
que evocaré siendo viejo.
El polvo suavemente cae
reposando en el poleo,
el jacinto y la amapola,
la rosa roja, el romero.
Vistiéndose del rocío
de la aurora, y los restos
del embrujo y del misterio,
el polvo impalpable y leve
llegando desde el silencio
cubre etéreamente el mundo
con los rescoldos de sueños.