En medio del mundo, soy un mar inmenso de tristeza,
un oleaje que arrastra la desesperación
de no llevar a nadie consigo.
En un cuarto apartado del mundo, en un silencio que pesa más que la noche,
permanece mi miserable alma,
fingiendo calma
mientras se rompe un poco más cada día.
Hay una sensación extraña habitando en mi pecho,
como espinas atravesando lentamente
la delgada brecha entre el dolor y la claridad.
Ruego a Dios que me escuche,
ruego por claridad,
ruego por amor,
porque llevo en el cuerpo un peso infinito
que me hunde lentamente.
Le hablo en silencio,
porque sé que Él conoce mi tristeza incluso cuando callo.
Le suplico que arranque de mí
este dolor que no puedo nombrar,
aquello que se queda atrapado en mi garganta
cada vez que intento hablarlo
y termino obligándome a callar.
Porque a veces pienso,
que si no pronuncio el dolor en voz alta,
es como si nunca hubiera existido.
Y aun con todo eso,
aun con el alma rota y las manos vacías,
encuentro belleza en este desastre;
porque aprendí que el caos también es vida,
y que incluso el dolor,
cuando sobrevive al silencio,
guarda algo digno de admirarse.