No me pidieron permiso para existir.
Fui arrojado al mundo como una semilla ciega
que el viento dejó caer en la grieta de un campo vacío.
Nadie preguntó a la tierra
si quería sostener mis raíces.
Nadie preguntó al sol
si deseaba pronunciar mi nombre con luz.
Simplemente ocurrió.
Abrí los ojos dentro de este incendio lento
con el corazón latiendo antes de comprender el miedo,
antes de saber que también la soledad respira.
Durante años fui una nota perdida,
un rescoldo de barro y conciencia,
una voz improvisada en el silencio del universo.
Entonces miré hacia arriba.
Las estrellas tampoco pidieron permiso para arder.
Nadie eligió su fuego.
Ninguna noche salió a buscarlas.
Y, sin embargo, consumen su propia oscuridad.
Quizá eso somos:
semillas caídas en la grieta del tiempo,
aprendiendo que existir no era solo brotar,
sino incendiarse.
Arder.
Aunque nadie nos esperara.
Aunque el universo jamás pronunciara nuestro nombre.
Aunque el vacío siga ahí:
silencio.
Antonio Portillo Spinola ©️