No voy a quejarme de lo miserable de esta vida,
solo vengo a implorar por las alegrías perdidas.
Llévame tan rápido como puedas,
líbrame de esta condena.
Y te pido, no me juzgues por querer huir,
porque no mire tu techo ni señale tus piedras.
Rápido y sin dolor,
en un sueño sin decir adiós.
Que mi prisión se vuelva cenizas
y sea lanzada a las aguas
para volverme pirata o criatura del mar.
Que otra parte sea arrojada al viento,
llevada por un huracán,
tirada a las barrancas,
sepultada cerca de mi hogar.
Y por ahora sigo acá,
junto al río de mi tierra,
pies descalzos sobre la arena suelta.
Intenté, dudé, vacilé, volví a huir;
se me hizo tentador dejarme ir.
Pero malditas cadenas
y mi propia indecisión,
que no me liberan.
¡Llévame!
Hilos más delgados que un cabello,
duros como el acero,
que me dan miles de cortes
y profanan hasta mis huesos,
anclándome a la fuerza en esta vida
en la que la trampa del tiempo me es eterna.