Hermosísima dama
de historia vestida,
cercada de flora,
de bronce teñida.
Tú,
que exhalas al viento, que escondes tu herida,
que en grises perfectos desnudas tendida
tu cándido cuerpo
de tierra encendida.
Palpita en mi pecho tu flor melancólica,
verde vientre del mundo
que al alma desboca.
Son cielo nevado tus nubes pomposas,
son alma del alma
del sol, de la rosa.
Y miraron los montes,
los olmos, las malvas,
la ciudad mutilada
de progreso, de rabia.
Y sufrí yo con ellas
por la Quito de piedra,
por su voz religiosa
esparcida en la niebla,
que baña con fuego
la gran cordillera.