Solo quiero ser suave, sutil y brillante
como aquel cálido rayo de sol
que se esparce por el cielo
hasta terminar por apagarse.
Ser ligera y tímida
como el susurro del viento
que te alberga entre su velo
fino y delicado,
cual pajarillo cantando
mientras reposa en la rama de un árbol,
a la orilla del río.
Solo quisiera ser pluma,
que la vida me envuelva entre la danza de las hojas
que al caer se liberan del cúmulo
de promesas rotas,
esas que penden del árbol
ya agotado de ser árbol,
de ser ramas, raíces...
de ser vida.
Solo quiero ser navegante
entre abedules o pastizales,
perderme en el horizonte y olvidarme
de que alguna vez
fui alguien...
Y hoy ser nada
o quizá un poco, o de pronto un hada:
dar la idea de que quizá existo
y a la vez, con la posibilidad de que
jamás nadie me hubiera visto.
Ser solo un misterio,
ser la sombra de la noche;
ser apenas el atisbo del diluvio que es llovizna,
esa que no te ahoga
ni te deja en la sequía.
Ser...
solo ser algo
o tal vez nada.
Y existir tranquila aún en la incomodidad
de la contradicción de mis palabras.
Ser libre:
sin presión constante
ni reclamos alarmantes.
Quiero descansar del vaivén de los males e infortunios
y dormir en el lecho del sueño más profundo;
yacer en una estrella adherida
a las alas de la noche,
esa estrella que sin pretender ser algo más:
brilla y brilla siempre,
aún cuando nadie se percata de que ahí está
inerte,
silente.
Solo ser, sin tener que ser.
Solo...
Sola.
Y nadie más.