—¿Cómo sería tu hombre ideal? —me preguntaron una vez.
Y por un instante,
me perdí en mis pensamientos.
Navegué entre recuerdos,
sentimientos,
y todos esos sueños silenciosos
que guardo en el corazón.
Entonces sonreí.
Porque comprendí
que nunca quise un amor perfecto.
Solo uno verdadero.
—Mi hombre ideal… —respondí despacio—
debe amarme de verdad.
No con palabras vacías,
ni con promesas que el tiempo rompe.
Quiero a alguien que me respete,
que confíe en mí incluso en mis silencios,
y que jamás me haga sentir sola
mientras sostiene mi mano.
Bajé la mirada un momento,
sonriendo apenas.
—Y sí…
quiero que sea solo mío,
así como yo sería solo de él.
Pero no quiero ser únicamente
la novia que algún día se convertirá en esposa.
Quiero ser mucho más.
Quiero ser su amiga,
la persona con la que pueda reír hasta olvidar el mundo,
con quien pueda hablar durante horas
sin cansarse jamás.
Quiero ser su refugio
después de los días difíciles.
Su calma.
Su hogar.
—Quiero ser su confidente —susurré—,
la persona en quien pueda confiar incluso sus miedos más profundos.
Y también quiero confiar en él.
Sin dudas.
Sin miedo.
Sin necesidad de fingir fortaleza.
Porque para mí,
el amor no es solo tomarse de las manos
ni decir “te amo”.
El amor verdadero…
es encontrar a alguien
con quien puedas ser completamente tú,
y aun así,
sentirte amado.
Y cuando terminé de hablar,
mi corazón sonrió antes que mis labios.
Porque entendí
que mi hombre ideal
no necesita ser perfecto.
Solo necesita elegirme…
cada día.