Tal vez ellos nunca debieron encontrarse.
Ella venía rota de silencios, de noches llorando en un baño para que nadie escuchara, de aprender a sobrevivir mientras el mundo la juzgaba sin saber nada de sus guerras.
Y él… él era de esos hombres que sonríen poco porque cargan demasiados fantasmas en la espalda.
No tenían un futuro.
Ni promesas.
Ni siquiera paz.
Sólo tenían esas noches donde el universo parecía detenerse cuando sus cuerpos se encontraban como si llevaran años buscándose.
Ella aprendió sus cicatrices con las manos.
Él aprendió a besarla como quien intenta salvar algo que ya viene incendiándose desde lejos.
Y aunque nunca pudieron pertenecerse del todo, hubo algo que nadie más entendió:
cuando estaban juntos, el dolor dejaba de hacer ruido.
Pero el amor a veces no pierde por falta de intensidad…
pierde porque la vida llega primero.
Y así terminaron convirtiéndose en eso que más duele: dos amantes que jamás pudieron olvidarse, porque hay personas que no pasan por tu vida… te atraviesan para siempre.
Ella era la chica de las poesías y él, el chico que aprendió a hacer ruido con su vida para no escuchar todo lo que le dolía por dentro.