Quiero que todos se alejen,
ya no quiero ser el pasajero de este viaje,
mi cabeza es como un rayo,
que no encuentra conducción hasta la tierra.
Ya no tengo fuerzas,
mis nervios se adhieren a la piedra
en cada hueco,
y en cada grieta.
Quiero que el ruido se apague,
que este cuerpo deje de fingir pertenencias.
Camino entre sombras que no me reconocen,
como si mis pasos fueran de otro
y yo apenas un reflejo mal pegado al suelo.
Hay un temblor que no se decide,
una constelación que me nombra sin pronunciarme.
A veces creo que soy un resto,
un fragmento que el mundo olvidó barrer cuando terminó de construirse.
Y sigo,
aunque no sé hacia dónde,
con la sensación de que todo se vuelve opresión,
como si la vida fuera un traje prestado que nunca termina de ajustarme.
Y avanzo igual,
aunque cada paso sea un error repetido,
una insistencia absurda de alguien que no termina de existir del todo.
El mundo sigue su coreografía,
pero yo no entro en la figura,
soy el gesto que sobra,
la nota que nadie pidió y que aun así vibra en el aire como un insecto atrapado en una copa.
A veces creo que fui hecho para otra gravedad,
para un suelo que no existe acá,
y por eso mis huesos crujen como si intentaran recordar un planeta que nunca conocieron.
No busco respuestas,
ni siquiera un nombre.
solo quiero entender por qué cada grieta me reconoce mejor que cualquier rostro.
Porque no muere ese sentimiento que me desgarra,
porque no deja de doler,
tanto absurdo de esta vida.
Quizás por eso no encajo,
porque mi forma pertenece a un lugar que no existe en este mapa,
un territorio que se pliega y despliega solo cuando cierro los ojos
y dejo que solo el silencio me hable.
Pero abro los ojos y vuelvo a ser este desajuste,
este eco sin origen,
este cuerpo que no termina de ocurrir.