La luz de tus ojos es una escritura antigua
que el tiempo no ha podido borrar.
Bajo por las laderas del silencio como
un agua lenta, tocando la sombra de mis manos
y despertando en ellas la necesidad de nombrarte.
Tus cabellos son la gramática secreta del viento,
una ortografía de hojas, de ramas y de ríos
que se inclinan sobre la tierra
para pronunciar tu nombre.
En cada hebra arde una música suave,
como si el mundo encontrara en tu cuerpo
la forma exacta de ternura.
Tus dedos, extendidos sobre el techo de la tarde,
señalan el valle donde nace el deseo.
Allí escribo con la mirada, allí descubro el idioma
de tus gestos y la respiración de tu secreto.