Tu memoria se levanta como una prisión
hecha de senderos interminables,
donde cada pensamiento desvelado
recorre sus propios muros
buscando una salida que acaso no existe.
Allí, en ese encierro del recuerdo,
la noche no termina nunca y el corazón
permanece despierto, oyendo
el eco de sus propias preguntas.
La claridad de los astros descansa
en el sueño de tu pelo como si el universo
hubiera encontrado refugio
en una sola forma de belleza.
Todo amanece detrás del aire del corazón,
en una región invisible donde la voz amada
germina como una semilla boreal de esperanza,
suave y luminosa, capaz de abrir
una grieta de tristeza.
La llama austral aparece entonces
como un imán secreto que divide el alma
y la obliga a reconocerse vulnerable.
Hay un temblor en el llanto del cuerpo,
una espiga que crece desde tus labios
y alimenta el azul incierto de la sospecha.
Porque amar también es sospechar el tiempo,
de la distancia, de la fragilidad de las cosas
que deseamos conservar.
Y esas imaginaciones de raíces
que sobreviven en tus ojos transitorios
parece decir que nada muere del todo.
Bajo la superficie del miedo, del deseo
y de la ausencia, algo continúa creciendo.
Silenciosamente: una raíz invisible
que insiste en buscar la luz incluso dentro de la sombra.