[Soneto blanco]
Pequeña mía, niña de mis letras,
¿Desde cuándo el poeta te describe
con la sutil cadencia de su aliento?
Dime tú, turbadora de mi pluma...
¿Has pensado que el tiempo es solo un nudo donde se anclan los versos elocuentes?
Yo sí, cuando contemplo el horizonte
y el dulce arpegio al haz del manso astro.
Vives, alimentando con tu numen
mi sed bestial; me vives y te vivo,
reafirmando mis versos con celajes
que trenzan en mis manos «la María»:
la partitura sacra de mi amor.
Dime, niña... la luna es nuestro juez.