Yo la amaba, y por eso insistía,
por ser el más noble, el más atento;
sin darme cuenta, en esa travesía,
iba dejando mi alma contra el viento.
Ella decía que sí me quería,
pero jamás llegó a enamorarse;
y yo, perdido en la melancolía,
prefería callar antes que marcharme.
Vivía amándola con el corazón,
nunca con la razón ni la conciencia;
yo era refugio, calma y protección,
mientras ella habitaba mi paciencia.
Cada promesa suya era neblina,
cada silencio, un pequeño naufragio;
y yo, cegado por la rutina,
convertí el amor en sacrificio.
Fui su puerto cuando tuvo tormenta,
su fortaleza en la inseguridad;
pero entendí —aunque el alma lo sienta—
que nunca fui su prioridad.
Y un día, como barco marinero
que sobrevive a la oscuridad,
salí por fin de aquel aguacero
y encontré mi puerto: mi tranquilidad.