A mis años
A mis años
ya no me impresiona el ruido de las promesas,
ni el brillo fácil de lo que se dice eterno.
He visto suficientes finales disfrazados de comienzos
como para no confundir la chispa con el incendio.
A mis años
aprendí que el silencio no siempre es vacío;
a veces es descanso,
a veces es un país donde uno por fin se entiende
sin traducciones.
Ya no corro detrás de nadie
que no sepa quedarse sin que lo persigan.
Ni explico lo que debería sentirse claro,
como el agua en un vaso sencillo.
A mis años
la paciencia dejó de ser sacrificio
y se volvió selección:
qué miro, qué escucho, qué permito entrar
a esta casa que soy.
He dejado de coleccionar historias
que terminan en nudos en el pecho.
Prefiero las que caben en una tarde
y no exigen explicaciones al día siguiente.
A mis años
me sobra elegancia para irme a tiempo,
y me falta interés en ganar discusiones
que no alimentan nada.
Ya no me interesan los amores que gritan,
ni los afectos que exigen pruebas como juicios.
Prefiero lo que respira bajo,
lo que no se anuncia,
lo que no amenaza con irse cada cinco minutos.
A mis años
entiendo que la libertad no es ausencia de compañía,
sino la posibilidad de elegirla sin miedo.
Y que hay soledades que abrigan
más que ciertas presencias mal acomodadas.
He aprendido a tomar café sin prisa,
a caminar sin destino urgente,
a dejar que el día me diga su verdad
sin obligarlo a prometerme nada.
A mis años
ya no me deslumbran los fuegos artificiales del amor;
me interesa más la luz constante
de una lámpara que no falla.
He conocido suficientes “para siempre”
como para creer más en el “por ahora verdadero”.
Y eso, curiosamente, es más honesto.
A mis años
el cuerpo entiende sus propios límites
y no pide permiso para descansar.
La mente, en cambio, aprende a callar
cuando el ruido no merece respuesta.
Ya no mendigo comprensión en donde no hay escucha,
ni explico mi calma a quien vive en tormenta.
Cada uno en su clima,
cada uno en su forma de sobrevivir el mundo.
A mis años
el amor dejó de ser deuda
y se volvió opción consciente:
no una herida,
no una prueba,
no un sacrificio.
Si llega, que llegue ligero,
sin equipaje de guerras anteriores,
sin contratos invisibles,
sin urgencias que duelan.
Y si no llega,
también está bien,
porque aprendí a habitarme
sin pedir permiso.
A mis años
ya no me interesa ganar nada
que me quite la paz en el intento.
Prefiero perder con dignidad
que insistir en lo que me rompe.
Y así sigo,
con lo poco que necesito
y lo mucho que ya no busco,
con este mundo sencillo que he ido construyendo
sin pedirle permiso a nadie.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Noviembre, 2019.