Oí su voz, aquella que me llamó.
Tan dulce y cortante, tan suave y tan áspera.
Me tocó y al instante me quebré;
el alma me dejó, aquella luz, que me cegó.
Y luego se alejó, como el día y la noche.
Sus palabras, blancas y negras,
son el peso que me ahoga y aplasta.
El pensar que no la puedo tener,
que no la puedo descubrir,
solo sus palabras puedo oír.
Oí su voz, aquella que me llamó
y aquella que me dejó.