D. Méndez

Estoy que me lleva la chingada.

Mis sentimientos

siempre tienen que ir primero,

como incendios que nadie más ve

pero que yo tengo que apagar sola.

 

Y cuando hablo

de lo que no puedo controlar,

de este ruido adentro,

mis emociones terminan arrinconadas

como perros castigados.

 

Estoy sola ahí,

en el abismo de mí misma,

escuchando pensamientos

que no saben callarse.

 

Cargo conmigo

esta cara de bastardo cansado,

de alguien que aprendió

a sobrevivir antes que vivir.

 

Quizás,

después de tanto dolor,

todo sigue siendo

la misma chingadera.