Mis sentimientos
siempre tienen que ir primero,
como incendios que nadie más ve
pero que yo tengo que apagar sola.
Y cuando hablo
de lo que no puedo controlar,
de este ruido adentro,
mis emociones terminan arrinconadas
como perros castigados.
Estoy sola ahí,
en el abismo de mí misma,
escuchando pensamientos
que no saben callarse.
Cargo conmigo
esta cara de bastardo cansado,
de alguien que aprendió
a sobrevivir antes que vivir.
Quizás,
después de tanto dolor,
todo sigue siendo
la misma chingadera.