No lograba entender el color de las flores
ni la dulce armonía de las abejas,
ni me explicaba al humano en sociedad;
desconocía la luz de las luciérnagas.
Entiendo ahora el valor de servir,
camino fiel hacia la trascendencia,
y por encima de todo, el gozo
de hacer algo por alguien más.
Me percaté de la gran humildad
que va naciendo en los corazones,
venciendo siempre al vacío atroz.
Y lo que no puedo ya olvidar
es que los versos que hoy hacemos
son una forma de dar servicio
para sanar a los demás.