Encontré tu rastro entre las hojas. Caminabas por la selva oscura como si quisieras llamar la atención. Te observé con curiosidad; seguramente buscabas una presa en la espesura donde la luna apenas se atrevía a entrar.
La hojarasca delató mi cercanía. Avancé misteriosa y felina hacia ti.
—Piel de noche —susurraste—. Tus ojos de ámbar cortan la oscuridad como cuchillos.
Tu mirada rozaba mi sombra mientras tu pulso se aceleraba. Seguí avanzando, no como depredadora, sino con curiosidad. ¿Por qué tu pulso acelerado me atraía en vez de ahuyentarme? La experiencia me advertía que me harías daño; las cicatrices en mi piel contaban la historia de todos los que habían intentado cazarme. Pero tú bajaste tu arma y señalaste el espiral en el cielo.
—Te estaba esperando —dijiste—. Sé el secreto de tu piel de luna oscura.
Avancé lentamente y permití que tus dedos casi rozaran el pelaje de mi lomo, como una caricia que se niega a consumarse. Por un instante, el cazador y la depredadora fuimos uno solo en la mirada. Sentí tu aliento cálido, tu miedo mezclado con deseo. Estuviste tan cerca que pude oler tu vida entera…
Un miedo ancestral me mordió el pecho. Di un salto hacia atrás, elegante, doloroso y que creí definitivo. Mis ojos te miraron una última vez: lunas de tristeza y fuego.
La naturaleza maldita de mi ser me reclama y repite:
«Tú eres la que acecha, no la que se entrega».
Pero tú cazador… tú eres el único que logró que yo quisiera entregarme.