Que alivio sería
llorarte como alguien cualquiera,
sin buscar metáforas,
sin la palabra justa,
con ojos limpios y dolor a secas.
Pero ha sido mi error
pretender ser poeta
y vos estás aquí,
quemando como hielo,
siendo agua que urge
y no recogen mis manos.
Lo siento, no quiero escribirte.
Y sin embargo
sos mi mejor poema.
Y vos sabes
que la poesía nunca me salió
de versos alegres;
que de mi lápiz
la tinta se hace sangre
y el oficio
un asunto de llagas y de heridas.
Aceptémoslo:
sos mi grieta más hermosa.
Esa hendidura
con la forma de tu ausencia
donde el dolor se instala
y se hace hoguera.
Ahora te confieso:
ya ganas no tengo de curarme
de esconder lo que aquí me falta.
A estas alturas
me queda una certeza,
una condena:
de estar ya medio muerto,
y que este testamento
sea apenas el puente
para que algo de mí
alcance a vivir en tu alma.
(al menos como una estancia decente
o una sonrisa)