Cuando el gallo con su anuncio
la alta aurora despertaba,
ella, entre el frío y la bruma,
descendía a la quebrada.
Mientras el sol con sus flechas
la densa niebla rasgaba,
mandarinos y rosales
rozaba ella con su falda.
A unos palmos de la cerca
que de mi la separaba,
giró su rostro sutil:
me miraba, la miraba.
Luego de verse sumergida
donde el agua la bañaba,
se fue cantando a las flores
y mi voz no dijo nada.