Me volví adicta al desorden.
A mi mente hecha un laberinto,
a la ropa acumulándose en el suelo,
al aire denso de esta habitación
que parece derrumbarse conmigo.
Y lo peor
es que dejó de incomodarme.
Encontré refugio ahí.
Entre restos,
entre días desperdiciados,
entre versiones de mí
que fui abandonando
lentamente al desgaste.
Porque cada vez
que algo parece acomodarse,
algo termina rompiéndose.
Siempre.
Entonces aprendí
a no esperar demasiado de la vida.
A contener la emoción
antes de que se convierta en ruina.
A regresar sola
al mismo caos de siempre.
Porque al menos ahí
conozco la forma de sobrevivirme.
El desastre no me salva,
pero tiene la crueldad
de lo familiar.
Y hay algo profundamente triste
en convivir tanto tiempo con el dolor
que termina adquiriendo
la forma de un hogar.