Ella entra descalza
como un saxofón golpeado contra el piso
a las tres de la mañana.
Huele a humo viejo
y a vino barato secándose en la madera.
Se ríe fuerte, sin permiso,
y el bar se le dobla alrededor
como una silla mal soldada.
Mis manos no la acarician:
la sostienen apenas,
como si todo fuera a caerse.
No hace el amor.
Lo rompe.
Lo deja abierto.
La ciudad afuera está sucia,
respira por los vidrios rotos.
Ella pasa por mi cuerpo
como un golpe de batería mal contenido,
directo, seco, sin música después.