GeorgeLogan

La psicoanalista

Si pongo mis pensamientos sobre una bandeja y los observo bajo una luz fría,

supongo que cualquiera diría que estoy loco.

 

Aunque, para ser sincero,

creo que hoy en día todos romantizan demasiado la idea de estar rotos.

La tristeza elegante.

La ansiedad bien vestida.

Las cicatrices convertidas en poesía barata.

 

Pero tú,

mi querida psicoanalista,

dime…

¿estoy loco de verdad?

 

¿O solo soy otro caso clínico

de alguien que confundió el deseo con dependencia,

la obsesión con amor

y tu voz con un lugar seguro?

 

Porque no sé cómo no estarlo,

si cada una de tus caricias parece reconfigurar algo dentro de mí;

como si tocaras, sin saberlo,

las partes de mi mente que ni yo me atrevo a diagnosticar.

 

Soy un adicto anónimo de tu sonrisa.

Una especie de paciente crónico

que aprendió a sobrevivir con pequeñas dosis de tu atención.

 

Y por las noches tengo alucinaciones.

Volteo hacia mi lado de la cama y por un instante miserable juro que puedo sentirte ahí.

 

Tu respiración.

El peso tibio de tu cuerpo.

La mentira perfecta.

 

Luego recuerdo que no estás.

Y que mi cabeza sabe fabricar fantasmas

con una precisión admirable.

 

Tú dices que eres solo una mujer sencilla,

pero yo, al mirarte, siento cataclismos cognitivos, fallas estructurales en mis defensas, traumas que despiertan y se sientan conmigo a beber.

 

Y es extraño…

porque al quererte a ti empiezo, por primera vez, a entender lo que significa tener autoestima.

 

Quizá porque en tus ojos

parezco alguien menos roto.

 

Te quiero tanto como tú me quieres,

aunque sospecho que yo siempre necesitaré quererte un poco más.

Y también querré, para siempre,

que quieras pensar que yo te quiero.

 

En la noche más oscura, cuando todos mis mecanismos de defensa se derrumban,

quisiera ser yo tu sujeto de prueba.

 

Tu caso perdido favorito.

Tu pequeño trastorno sin cura.

El error en tu teoría, que decidas conservar solo porque, de alguna forma,

también te hace sentir viva.