Luis Barreda Morán

Desaparecidos

Desaparecidos

No tienen tumba, pero habitan la tierra.
No tienen nombre escrito en piedra, pero viven en la garganta del viento,
en la fotografía amarilla sobre una mesa,
en la silla vacía que nadie mueve,
en la puerta que aún se abre despacio
como si alguien pudiera regresar.

Los desaparecidos
no desaparecen.

Los arrancaron de la noche
con golpes secos en la madera,
con motores sin rostro,
con botas aprendidas en el idioma del miedo.
Los cubrieron con vendas,
con preguntas convertidas en tormento,
con silencios fabricados en oficinas frías
donde la vida valía menos
que un informe firmado.

Pero no desaparecieron.

Quisieron borrar sus huellas
como quien borra una palabra incómoda
de un libro prohibido.
Quisieron arrancarlos de la memoria
igual que se arranca una raíz
para que el árbol no vuelva a crecer.
Y sin embargo,
cada ausencia se multiplicó en miles,
cada cuerpo oculto se volvió un eco,
cada nombre negado
terminó latiendo en la historia.

Porque los desaparecidos
aprendieron a vivir en otros lugares.

Viven en las madres
que caminan con pañuelos blancos
dando vueltas contra el olvido.
Viven en los hijos
que heredaron preguntas
antes que abrazos.
Viven en los abuelos
que envejecieron mirando caminos
y aprendieron a reconocer la esperanza
en cualquier sombra lejana.

Viven en la rabia de los estudiantes,
en las canciones prohibidas,
en los murales pintados de madrugada,
en las manos que todavía desentierran huesos
como quien busca semillas
debajo de la ceniza.

Los desaparecidos
son la herida más larga de la historia.

Porque no hubo despedida.
Porque nadie explicó la ausencia.
Porque el horror tuvo la cobardía
de esconder incluso a los muertos.
Y entonces las familias
quedaron suspendidas
en un tiempo sin respuesta:
ni duelo,
ni entierro,
ni regreso.

Solo preguntas.

¿Dónde están?
¿Quién dio la orden?
¿Quién apagó sus nombres?
¿Quién convirtió el miedo
en política de Estado?
¿Quién enseñó a las sombras
a vestirse de uniforme?

Y mientras tanto,
los desaparecidos siguieron creciendo
debajo de la tierra,
en los archivos secretos,
en los ríos,
en las montañas,
en las cárceles clandestinas de la memoria.

Hubo quienes dijeron: “olviden”.
Como si olvidar fuera sencillo.
Como si la sangre pudiera borrarse
con discursos.
Como si la memoria fuera una puerta
que se cierra al firmar un acuerdo.

Pero la memoria no obedece.

La memoria vuelve
en la voz quebrada de una anciana,
en un expediente abierto después de décadas,
en un joven que descubre
que su historia empezó con una ausencia,
en un hueso pequeño hallado bajo la tierra
que devuelve un nombre
a una familia rota.

Porque los desaparecidos
también son los que regresan.

Regresan convertidos en verdad.
En testimonio.
En fotografías levantadas frente al poder.
En marchas silenciosas.
En juicios tardíos.
En canciones que nadie logró censurar.
En lágrimas que se niegan a secarse.

Y regresan sobre todo
como advertencia.

Para recordarnos
que el odio puede organizarse,
que el miedo puede convertirse en sistema,
que la violencia puede usar banderas,
himnos,
patrias,
uniformes y palabras elegantes
para justificar la oscuridad.

Los desaparecidos nos enseñan
que ningún pueblo está a salvo
cuando el silencio reemplaza a la justicia.

Por eso siguen caminando.

Caminan en cada madre que busca.
En cada plaza ocupada por fotografías.
En cada joven que pregunta lo que ocurrió
aunque le pidan callar.
En cada verdad rescatada de los archivos.
En cada nombre pronunciado en voz alta
para impedir una segunda muerte:
la del olvido.

Porque desaparecer
no es dejar de existir.

Desaparecer
es quedar suspendido entre el dolor y la esperanza,
entre la noche y la memoria,
entre el crimen y la verdad.

Y mientras alguien recuerde,
mientras alguien pregunte,
mientras alguien siga buscando bajo la tierra
o dentro de la historia,
los desaparecidos
seguirán vivos.

No en los cementerios.
No en los monumentos.
No en los discursos oficiales.

Vivos
en la conciencia del mundo.

—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA 
Junio, 2022.