Enrique Fl. Chaidez

La ciudad de las palabras

El aire está lleno de palabras,
tiernas palabras que apenas
acaban de pronunciarse,
también están las intactas
de ese ayer sonoro
que aún no se desvanece,
son aquellas que encontraron
pasadizos en el aire
o hallaron hueco en las alas verdes de los pájaros
o se volvieron la sombra
en cada una de las hojas otoñales.

Muchas veces las palabras,
parecido a las personas,
por casualidad se encuentran,
por propia elección se ignoran
y por terquedad se alejan.
Pasan de largo las unas de las otras.
También están esas ocasiones
en que se acaloran
mostrándose entre ellas mismas
odio y casi muerden.
Como si tuvieran las palabras
(aun del mismo idioma)
un sabor a labios extranjeros.

Pero a veces sucede lo excepcional
en esta ciudad de las palabras,
que un día cualquiera
dos de estas se topan,
se espejean,
se entrelazan
y se vuelven poderosas.
No mucho después
llega una tercer palabra,
y pegadas
una cuarta y una quinta.
A veces una sexta palabra da el sentido del amor
y una séptima el sentido de los cielos.

Poco a poco muchas más palabras
quieren acoplarse
igual a bloques en una catedral
o como columnas para un sentimiento.
Se vuelve más grande la ciudad
en sus torres de vocablos:
Puentes, calles, casas,
parques, farmacias y patios de cristal
abren una puerta
para aquel capaz de robar significados al aire.

Muchas de las palabras más bellas
se adornan en envolturas de misterio
que solo se pueden hablar al oído,
en esa cercana perspectiva
donde más poder tiene el amor
y es más cautivante lo que dice.

Al final, el amor junta
con paciencia sus palabras:
las de ayer con las de ahora,
las ajenas con las mías,
incluso esas pequeñitas
que han alcanzado a plasmarse
hasta este lugar de mi poema.