Cierro los ojos y me hundo
en un reino de fantasía,
poblado de ninfas y
mitologías que
encienden mi piel hasta
el éxtasis.
Siento el roce del jazmín,
ese cálido aroma que me abraza;
suspiro que me invita a elevarme
y, en su fragancia dorada,
sentirme por fin naufragar.
Se desatan relámpagos,
estalla el trueno en la lid
de dioses y semidioses;
mi euforia es tormenta divina,
delirio placentero
que me obliga a estallar.
No sé si es la luna
que me inyecta su elixir,
o esta lunática locura;
pero es evidente
que la noche es mágica,
estupefaciente,
impactante
e insaciable.