Que triste estaría el árbol aquel,
si el viento no estremeciera
su ser y sus hojas
no volaran por doquier.
Y en la playa,
qué sienten las rocas
cuando la furia del mar,
las golpea sin cesar.
Y tú, preciosa,
cuando tu hiriente furia,
descargas sobre mí.
Y yo, como roca…
como árbol resignado,
lleno de amor hacia tí,
ya estoy acostumbrado.
Yo no sé si es un honor,
lo que comparto con la roca, el arbol,
o tantas cosas más.
Lo que yo si sé,
es que todo te lo aguanto,
porque te amo, a más no poder.
© Saulo García Cabrera
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