A mis amigos les ofrezco el caminar,
la limpia fe, la mano que sostiene,
el tierno abrazo que oportuno viene
a mitigar las deudas del fracaso.
Les debo la paciencia ante mi espina,
el agudo arrebato, la rebeldía,
las vanidades llenas de imprudencia,
y el miedo gris que el alma determina.
Un barquito de papel parece
esta amistad de poesía y de abrigo,
pero no hay tempestad que la estremezca.
Pues el timón que el vendaval padece
tiene al fiel amigo por arráez,
y un corazón que evita que perezca.
Si algún desagrado perturbó el camino,
no ha de ser el pecado un argumento;
discutir por amor es un destino
que borra con el alba el sufrimiento.
Y al final, cuando el viaje ya concluya,
les dejaré mi eterna devoción,
en una prosa infiel que los mude
hacia la humilde poesía que les heredo.