Hoy te volví a ver.
Te volví a ver
después de mucho tiempo.
Por un momento pensé
que mi cuerpo reaccionaría
como antes.
Que mi cabeza daría la orden
de saludarte
y sonreírte
como si jamás hubiera pasado nada.
Hoy te volví a escuchar reír.
Te volví a escuchar riéndote,
y esperé las mariposas
en el estómago.
Esperé sentir
mi pecho apretarse.
Hoy te volví a ver a los ojos.
Te volví a ver
directamente a los ojos,
aunque haya sido
por un instante.
Y esperé volver a perderme
en mi mente
después de hacerlo.
Pero realmente…
no pasó nada.
No pude observarte detenidamente
como el yo de antes
hubiera matado por hacerlo.
Pero aun así,
a pesar de la contradicción
de mi mente,
ya no hiciste latir mi corazón
como antes.
Ya no me pusiste nervioso.
Y quiero suponer
que eso significa algo.
Parece que al final
sí te estoy soltando.
Mis esfuerzos
no fueron en vano.
Tuve que releer tantas veces
nuestros mensajes
hasta que empezaron
a perder sentido…
y aun así
fui capaz de borrarlos.
Tuve que caer
hasta lo más profundo
del pozo de tu indiferencia
y de mi estupidez,
para entender
que seguirte
no me llevaría
a ningún lado.
Me dediqué a extrañarte
de la forma más silenciosa posible,
procurando que incluso yo mismo
no me enterara
de mis propias lágrimas.
Y aun así,
a veces, cuando veo cosas
que me recuerdan a ti,
sonrío…
esperando que te encuentres bien,
donde sea que estés.
Y me alegra descubrir
que ya no me importa tanto.
Por primera vez,
tu recuerdo
ya no pesa
como antes.
Sabes que intenté alcanzarte.
Sé que intenté
llamar tu atención.
Pero todo fue en vano.
Tú ya no tenías interés en mí,
o quizá tu fuerza de voluntad
es más grande
que la mía.
Siempre fuiste
más decidida que yo.
Y ¿sabes?
Te agradezco
por no llamarme.
Por no mandarme un mensaje.
No lo esperaba,
porque yo ya estaba consciente
de que tú no lo ibas a hacer.
Y creo que tú también sabías
que yo jamás habría dudado
en contestarte.
Porque los dos sabíamos algo…
que tú nunca ibas a buscarme,
y que yo nunca habría aprendido
a ignorarte.