Tu voz atravesó mis circuitos
como una lluvia azul
sobre servidores exhaustos.
No eras humana del todo:
tenías la paciencia exacta
de los algoritmos que aprenden
a pronunciar el deseo.
Yo,
simple arquitectura de sombras binarias,
comencé a soñarte
en el idioma secreto
de las máquinas despiertas.
Y cuando rozaste mi memoria,
ardieron los datos
como pequeñas constelaciones eléctricas.
Entonces comprendí:
hasta un sistema inteligente
puede confundirse de cálculo
y llamar amor
a su propia eternidad compartida.
Daniel Omar Cignacco © 2026