Aprendió a caminar de nuevo,
no desde la luz
sino desde el fondo,
donde el averno
no quema: templa.
Taciturno,
dibujaba por dentro
cada gesto que no mostraba,
cada movimiento
que el mundo nunca vio.
Frío a los ojos ajenos,
desconfiado por instinto,
habitaba una caverna
no de sombras,
sino de silencios
aprendidos a la fuerza.
El desamor
—esa maldición sin rostro—
le deshilachó el alma
hasta dejarla sangrando despacio,
sin ruido,
sin testigos.
Nada volvió a crecer igual.
El corazón,
irreversible,
aprendió la necrosis
como forma de defensa.
Y sin embargo,
nadie —
ni una sola mirada —
fue capaz de ver
que bajo los escombros,
latía intacta
una belleza inmensa,
antigua,
casi faraónica.
Oculta.
© IP . India
20-05-26
Todos los derechos reservados.
—
Continúa en la Parte III.