No es la muerte lo que pesa.
Es la vida sin testigo.
Es este corazón que late a oscuras
como un remo en un sótano,
como un grifo que gotea en una casa
donde ya nadie vive.
Hemos confundido estar con habitar.
Ocupamos el cuerpo,
pagamos su alquiler de sangre y hueso,
pero nunca abrimos las ventanas.
Nunca preguntamos
quién encendió las luces de los órganos,
quién programó este insomnio de los pulmones
que no cesa,
que no cesa,
que no pide permiso ni salario.
Le llamamos rutina
a vivir de prestado,
a devolver cada día
lo que nunca pedimos.
Pero a veces
—cuando un viento sin rostro nos muerde la nuca
o lo irreparable se sienta en nuestra silla—
vemos por un segundo
que el fuego no era nuestro,
solo alquilábamos la luz.
Y ahí,
en ese temblor del ojo,
no descubrimos nada nuevo.
Solo recordamos
que hemos estado vivos
a espaldas de la herida.
Que la respiración
ha sido siempre una fidelidad
que no nos merecemos.
Antonio Portillo Spinola ©️