EL LENGUAJE DEL ALMA: CUERPO Y POESÍA EN EL ESCENARIO
Al expresar un poema ante el público, el cuerpo se convierte en un instrumento más,
un canal vivo donde fluye la sangre del verso, el alma del que escribe.
No son solo letras las que tocan el aire, sino cada fibra, cada gesto, cada llamarada,
que construyen un puente entre lo dicho y lo sentido, entre el poeta y quien escucha.
La postura, erguida como un roble pero suave como el junco,
los pies anclados en la tierra como si la poesía naciera de ella misma,
hombros abiertos como alas listas para elevarse,
cabeza alta, mirando al mundo sin esconder la verdad que late en el pecho.
La mirada, hilo dorado que une almas distantes,
busca en cada rostro un eco de lo que se siente,
ojos que brillan con la luz de un amanecer o se oscurecen con la noche del recuerdo,
ventanas donde el público ve su propia emoción reflejada.
Las manos, plumas que escriben en el vacío,
dibujan montañas y ríos, abrazos y despidos,
se abren como flores al sol o se cierran como puertas a un dolor profundo,
acarician el aire cuando el verso es suave, golpean el espacio cuando la pasión estalla.
La voz, tejido de viento y fuego,
juega con silencios y sonidos, con susurros y gritos,
crea ritmos que hacen latir el corazón al compás del verso,
y usa el silencio como un mar donde navegan las emociones.
El cuerpo entero se convierte en un poema en movimiento,
una danza donde cada músculo conoce el sentido de las palabras,
donde no hay actuación ni fingimiento, solo entrega total,
porque la poesía no vive solo en la mente: habita en la piel, en los huesos, en el latir del alma.