Vagón de medianoche
El tren se traga la ciudad.
Vidrios empañados,
luz ámbar en la lámpara,
olor a metal caliente y cuero antiguo.
Las vías hablan:
ta–dum / ta–dum.
Mi piel entiende primero.
Te sientas junto a mí.
Tu hombro roza el mío
como chispa disciplinada;
el vagón balancea lento
su compás en mi cintura.
Afuera,
la catenaria suelta fósforo.
Adentro,
mi cuello es cáliz bajo tu boca.
Tu aliento:
manzana oscura y anís.
Yo pruebo la sal del viaje
y el mundo cambia de espesor.
Me giras hacia la ventana empañada.
Dibujas un semicírculo en el vidrio
y lo completas en mi omóplato.
Mi espalda se aboveda;
tu pecho se alinea
como si el vagón reconociera nuestro peso.
La vibración del tren
sube por mis muslos
como abejas eléctricas.
Tu mano desciende por el costado
dejando meridianos de calor.
Mi risa abre un claro bajo la lámpara;
el silencio se inclina hacia nosotros.
Me besas:
cobre dulce,
ciruela de noche.
Las ruedas golpean un puente.
Campanas de hierro.
Tu lengua me recorre lenta,
seda que se resiste a caer.
El vagón se inclina en la curva.
Yo te abro la casa con los muslos
y tú entras
con la calma del que vuelve.
Ta–dum.
Ta–dum.
Ta–dum.
El vagón arde un poco más.
Mi espalda:
violín de hierro en tus manos.
El techo baja un centímetro.
Los tornillos cantan su himno mínimo.
Tu nombre me atraviesa la garganta
como hierro encendido.
El tren sigue devorando kilómetros.
Nadie sabe lo que hicimos
—salvo la lámpara
y el vidrio—.
Me quedó vagón en el cuerpo,
licor de medianoche en la piel.
Si cierro los ojos:
ta–dum / ta–dum:
Y el tren nos vuelve a pronunciar.
© Nelly Cevallos-Liora
20 de mayo al año 2026