Hace tiempo que la noche
aprendió a quedarse conmigo,
pero contigo la siento extraña.
No avisa cuando llega,
ni viene a decirme cosas buenas.
Solo entra en silencio,
se sienta junto a mis pensamientos
y pronuncia tu nombre
como si quisiera verme caer otra vez.
Y de seguro ahora estarás durmiendo,
mientras el tiempo se vuelve traicionero conmigo
y la noche abraza tan fuerte…
que sofoca.
Quizás no olvide,
o quizás no quiera olvidar,
al menos por el tiempo
que mi corazón soporte este sufrimiento.
Te amo, y me hace daño.
Te amo, pero estás lejos.
Te amo… aunque no me ames.
Y aun así,
mi corazón insiste en pronunciar tu nombre
como si amar bastara
para acercarte un poco más.
Y quizás te parezca extraño
que mi amor se haya vuelto enfermizo,
o tal vez algún día lo mires así.
Y me apena admitirlo,
me pesa escribirlo con estas manos
que antes solo querían alcanzarte.
Porque me condené
a quererte demasiado,
a sentir vergüenza de mí mismo
por no saber detener este cariño
aunque me estuviera consumiendo.
Y qué cruel se vuelve el corazón
cuando ama sin descanso:
termina mirándose al espejo
como si sentir tanto
fuera un pecado.