Después de morir
no volvió a la vida:
aprendió a sostenerse.
El mundo lo vio frío.
No supo ver
el temblor.
Habitó el silencio
como se habita una herida:
por dentro.
El desamor no gritó.
Desgastó.
Hasta dejar el alma
hilada en sangre lenta.
El corazón no se rompió.
Se endureció
para no desaparecer.
Y aun así,
nadie miró lo suficiente
para descubrir
que seguía ahí,
entera,
una belleza profunda
que no pedía ser vista.
Solo respetada.
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