Estando acostado en la camilla de un hospital,
con suero en la vena
y agujas invadiendo mi cuerpo,
añoraba aquellos bellos momentos
en los que vivía lleno de salud.
Mis lágrimas corrían sin freno,
como arroyos despeñándose
por la pendiente del recuerdo.
Mis manos, adoloridas por los chuzones,
moradas por el frío,
yacían extendidas, vacías,
sin fuerza, sin esperanza.
La vida me mostraba su peor rostro,
ese donde el olvido deja marcas profundas,
huellas abiertas
que sangran en silencio.
La tristeza consumía mis entrañas,
mientras el remordimiento danzaba frente a mí,
recordándome los días perdidos,
las horas malgastadas,
los sueños que dejé hundirse
en los vicios y el derroche,
como un bote sin rumbo
que se pierde en el mar.
Mi cuerpo cansado pedía descanso,
mi corazón, apenas un suspiro,
latía con la última esperanza
de hallar perdón en medio del dolor.
Y mientras el reloj del hospital
marcaba el paso de mi despedida,
mi alma, libre y temblorosa,
corría sin rumbo
por los fríos pasillos
de la eternidad.