Dejarlo correr en el torbellino
de la vida y su inquietud juvenil;
sus tropiezos son cometas fugaces
donde no busca detener el tiempo.
Permitirle que las horas pasen,
atareadas pero sin tropiezos,
para que luego descansen sin prisa,
sin ver el reloj que apura al alma.
Desistir de sentirlo con armonía,
olvidar que el tiempo ya vuela
haciendo añicos años de tristeza.
Dejarlo que vuelva a la calma:
el tiempo es el mismo, no vuela,
no hay alarma, solo la edad lo cambia.