Abrazo mucho la almohada
pensando que eres tú.
La abrazo tanto
que ya tiene tu forma,
como si mi soledad
hubiera aprendido tu silueta de memoria.
La abrazo recordando
todos esos momentos
en los que aún estabas,
antes de convertirte
en otro hueco de la cama.
La abrazo demasiado fuerte,
buscando un calor
que ya no me pertenece,
fingiendo por unos minutos
que todavía respiras aquí.