Cuando no hay pausa que justifique el camino recorrido, aún los descansos merecidos y ganados...
por todo lo que queda por escalar.
A fuerza de experiencia y, cómo no, de soledad, en lo alto de la montaña no está nada mal.
Y como la vida no siempre exige ir a más, pero quien se conforma, se detiene; y quien se detiene, deja de avanzar.
Y como remolino de arena a pie de la montaña, sin darse ni cuenta, gira sobre sí mismo sin parar.
Sin cesar en el empeño, con la cabeza bien alta, sin dejar de escalar…
En lo alto de la montaña, quien asoma en ella divisa otras mil más;
y entiende entonces que no hay cima definitiva:
solo más camino que andar.