Se mecía con dulzura
sobre el son del agua tersa,
con su cuerpo inmaculado,
una luna amarillenta.
Desnudó —¡con qué hermosura!—
el profundo azul del cielo
y con dos besos, la luna,
amansó mi estado interno.
¡Qué dulzura de la luna,
qué románticos sus besos!
Va mi carne hacia las cumbres
y mi espíritu hacia el fuego.
Quiero andar yo con la luna
por el cielo de la mano,
con los huesos en la tierra
y los ojos bien cerrados.