Nathanael Gellibert.

La luna y yo.

Se mecía con dulzura
sobre el son del agua tersa,
con su cuerpo inmaculado,
una luna amarillenta.

Desnudó —¡con qué hermosura!— 
el profundo azul del cielo
y con dos besos, la luna,
amansó mi estado interno.

¡Qué dulzura de la luna,
qué románticos sus besos!

Va mi carne hacia las cumbres
y mi espíritu hacia el fuego.

Quiero andar yo con la luna
por el cielo de la mano,
con los huesos en la tierra
y los ojos bien cerrados.