Luis Barreda Morán

Madre Tierra

Madre Tierra 

Nadie es dueño del agua.
Ni del río que baja cantando
desde la montaña antigua,
ni de la lluvia que golpea los techos humildes
como una bendición transparente.
El agua no conoce escrituras,
no firma contratos,
no entiende de fronteras ni de monedas.
Ella nace libre
en las venas profundas de la tierra
y corre buscando la sed de los pueblos.

Nadie es dueño de la tierra.
La tierra estaba antes de los nombres,
antes de los reyes,
antes de las banderas clavadas con violencia
sobre la espalda del mundo.
La tierra recibió por igual
los huesos del rico y del pobre,
del guerrero y del niño,
del conquistador y del campesino cansado.
Jamás pidió títulos de propiedad
para dejar crecer el maíz,
ni cobró alquiler a las raíces de los árboles.

Nadie es dueño de los océanos.
Las olas no obedecen imperios.
El mar no reconoce cercas.
Cada marea es una memoria antigua
que recuerda que todos venimos del mismo origen salado.
Los peces no entienden de mercados,
las tortugas no saben de aduanas,
las ballenas cantan para todos
bajo un cielo compartido.
Y aun así,
la ambición lanza redes inmensas
para tragarse hasta el último respiro azul del planeta.

Nadie es dueño de la arena.
Ni del desierto dorado
que conversa con el viento,
ni de las playas donde los niños construyen castillos
que el tiempo derrumba sin crueldad.
La arena ha viajado siglos enteros
sobre espaldas de tormentas,
ha dormido bajo mares antiguos,
ha sido montaña, fondo marino y camino.
¿Cómo podría alguien decir:
“esto me pertenece”?
Si hasta las dunas cambian de forma cada noche.

Nadie es dueño del oxígeno ni del viento.
El aire entra en todos los pulmones
sin preguntar apellido,
sin distinguir color de piel,
religión, idioma o fortuna.
Respira el recién nacido
y respira también el anciano olvidado.
Respiran los animales del bosque,
las aves migratorias,
las flores diminutas escondidas entre piedras.
El viento acaricia por igual
la choza y el palacio,
la ciudad herida y la montaña silenciosa.

Todo nos lo entrega nuestra madre tierra.
Ella da sin contratos.
Entrega semillas, sombra, frutos, agua y fuego.
Nos sostiene incluso cuando la herimos.
Nos alimenta aun cuando arrancamos sus bosques
y perforamos sus entrañas
buscando más riqueza para unos pocos.
La tierra siempre intenta sanar,
como una madre cansada
que todavía abraza al hijo que la golpea.

El planeta provee gratis
el amanecer encendido sobre los volcanes,
la frescura de los ríos,
el perfume del café recién nacido en las montañas,
el canto de los pájaros antes del alba,
las estrellas derramadas sobre la noche campesina.
Todo eso existía
antes de que alguien inventara el precio de la vida.

Pero llegó la codicia.
Llegó vestida de progreso,
de leyes hechas para el poderoso,
de máquinas que devoran selvas enteras
y llaman desarrollo al vacío.
Entonces cercaron el agua,
vendieron semillas,
privatizaron la lluvia,
contaminaron los mares
y levantaron muros alrededor de la abundancia.

La codicia convirtió el pan en negocio,
el bosque en mercancía,
el río en propiedad privada.
Hizo del hambre un mercado
y de la necesidad una cadena.
Los hombres olvidaron
que ninguna fortuna puede comprarse otra primavera,
que ningún banco fabrica árboles,
que ningún ejército puede ordenar al sol que nazca.

Y sin embargo,
la tierra resiste.

Resiste en el campesino
que guarda semillas ancestrales.
En la mujer indígena
que protege el río con su propia voz.
En el niño que aprende
que un árbol vale más que cien monedas.
En las comunidades que comparten el agua
como se comparte el pan y la esperanza.

Porque la tierra no necesita dueños;
necesita guardianes.
No necesita explotadores;
necesita hijos conscientes.
Necesita manos que siembren
en vez de destruir,
corazones capaces de comprender
que la abundancia verdadera
no nace de acumular,
sino de convivir.

Vendrá un día
en que los pueblos recordarán
que el planeta no es herencia de unos pocos,
sino préstamo sagrado para quienes aún no nacen.
Entonces los ríos volverán a correr limpios,
los bosques crecerán sin miedo,
y el mar respirará tranquilo
bajo la luna completa.

Ese día entenderemos
que nadie era dueño de nada.
Que solo éramos viajeros breves
sobre una esfera azul suspendida en el universo.
Y que la verdadera riqueza
siempre estuvo en el milagro sencillo
de beber agua,
respirar el oxígeno,
pisar tierra húmeda
y agradecer,
con humildad profunda,
a nuestra inmensa y paciente madre tierra.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Noviembre, 2017.