JUSTO ALDÚ

DESPUÉS DEL VOLCÁN

Era mía, lo sé. Y yo de ella,
su brújula de fiebre y extravío.
Desordenaba el aire de mi pecho
como una catedral bajo el estío.

Aún me incendia la saliva
cuando regreso al mapa en su entrepierna,
como si allí temblaran las centellas
que alguna vez partieron mi materia.

Fue un cráter en mi cama. Y aun ahora
me zumba su ceniza en los costados,
igual que un tren de pólvora y luciérnagas
atravesando túneles cerrados.

Tenía una manera de mirarme
capaz de desclavarme los sentidos,
y un olor a magnolias y tormenta
deshaciéndome el pulso en remolinos.

Cuando reía, las copas temblaban
como campanas ebrias en domingo;
cuando callaba, el aire se rendía
y hasta la noche afilaba sus cuchillos.

Tenía labios de incendio antiguo,
de esos fuegos que fundían espadas
en las fraguas perdidas de los mitos,
donde aún duermen dioses y batallas
bajo un cielo de pólvora cenizo.

Y en sus ojos -dos feroces eclipses-
giraban huracanes y delirios;
ardían avenidas invisibles
debajo de sus párpados antiguos.

Ay del hombre que intente contenerla:
los volcanes no nacen para jaulas.
Ella amaba como lava descendiendo,
arrasando la sombra con sus brasas.

Y, sin embargo, en medio del incendio
guardaba una ternura clandestina:
una pequeña lluvia silenciosa
en el corazón rojo del magma.

Después llegó el silencio. Lentamente.
La humedad del adiós sobre los muebles.
Las sombras avanzando por la casa
como monjas de hollín entre cipreses.

Y se marchó. Lo sé. Cerró la noche
con aquel temblor gris de hundimientos,
pero dejó su corazón latiendo
como animal rojo entre mis manos.

He besado otras bocas. Otros cuerpos.
He dormido en ciudades y desiertos.
Pero ninguna trajo aquella música
capaz de fracturarme hasta los huesos.

Porque ella no fue amor: fue cataclismo,
un idioma de incendios y mareas,
la última dentellada de la vida
antes del derrumbe de las estrellas.

Aunque el tiempo me cubra de ceniza,
aunque la muerte venga a clausurarme,
seguiré oyendo el hierro de su sangre
golpeando los andamios de mi carne.

Porque hay mujeres que jamás terminan.
Se quedan respirando entre las ruinas.
Y ella sigue encendida en mis adentros
como una ciudad rota que ilumina
y me llena de amor este calvario.

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