[Poema surrealista]
Enredado me hallo,
como un demonio que tropieza
en el velo de lo eterno,
en lo que jamás hubiera imaginado:
atrapado en el telar de una diosa encarnada,
cuyas trenzas
se tejen con hebras de cosmos
y piel palpitante.
Ah, trenzas cielo,
trenzas castas
que se corrompen en el fuego
de mi mirada,
donde la miel se estira en hilos infinitos,
goteando ambrosía oscura que quema las alas de este ángel caído,
como intentando regresarme
a la blancura del parto.
Pobre abeja infernal,
pobre bicho raro de mi propio infierno,
compadezco mi propia ruina
al enredarme en pistilos de luz prohibida,
esparciendo feromonas que invocan la alquimia del cuerpo:
carne fundiéndose en sus pétalos,
en su elixir embriagante
que nace de la hondura de su boca...
pobre sangre mía convirtiéndose en néctar de sombras.
En ellas huelo la suerte echada
a un abismo eterno,
condena de suplicios celestiales donde el placer se retuerce en una Kundalini
de serpientes de éter y fuego de Diosa,
y en un Ouroboros
donde me muerdo mi propia cola.
Me seducen, me hipnotizan,
no importa si son red de araña
tejida con suspiros de estrellas muertas,
o luz incandescente
que atrae a la polilla demoníaca
hasta incinerarse en un abrazo de llamas invisibles.
Yo, el demonio enamorado,
arrastro mis cuernos
por el laberinto de sus bucles,
donde cada nudo
es un pacto sellado
con besos de azufre,
y cada onda
un río de lava dulce
que me arrastra al fondo de su divinidad carnal.
Allí, en el corazón de la trenza,
nace un universo invertido:
mi infierno se vuelve paraíso,
y su paraíso en mi infierno...
y me digo por dentro:
«total, ángeles y demonios son lo mismo»,
y en la trenza,
mi furia se disuelve en devoción ciega,
y muero mil veces,
renaciendo en el roce de sus filigramas castas,
eternamente enredado,
eternamente suyo,
eternamente hebra,
eternamente Baratza.