Nunca había peleado tanto con el tiempo.
Pero hoy,
una casualidad nos encontró en el mismo sitio.
Y aquella ruta que tanto esperé,
vino puntual a dejarme
a unas cuadras de tu puerto.
No fue fácil acercarme
con el peso de mis temores,
pero fue bueno descubrir
que vos también me esperabas.
Te di tres besos
en tus mejillas,
uno cada vez más intenso
que el anterior.
Pero tuve miedo de perder la cordura,
porque quise muchísimo gastarme los labios
hasta perderlos en tu rostro.
Tantas preocupaciones llevaba
tantos pendientes,
pero eran tus manos la solución
de todos mis acertijos.
Hablamos sin prisa
sentados sobre la acera
y esa calle inmensamente desolada,
ignorando que el tiempo
jamás se detiene.
Y te miraba
como lo único
que habitaba mi mundo.
(y no era mentira)
mis oídos,
presos de tu voz,
habían encontrado su final perfecto.
Maldita sea mi suerte.
Cuanto hubiera querido
diez minutos más,
y diez más todavía,
como uno estira
aquello que tanto ama.
Pero puntual, como siempre,
el tiempo no tuvo piedad de mí
ni de ese paraíso improvisado.
Porque los lunes,
a las cinco de la mañana,
este aparato sin corazón
anunciaba:
que algo inevitablemente
tenía que romperse.
(fueron muchas cosas).