Un mago sabio inventó un mundo
Hecho de polvo de estrellas
Lleno de belleza y encanto
Y unido a ese otros tantos
Conectados por invisibles portales
Todos los cuales conducían
En espiral a su trono de luz deslumbrante
Con exquisito detalle creó formas
Sonidos, texturas, densidad y colores
Infinitos como su prodigiosa y pródiga mente
Y una vez consumado el proyecto
Éste mago insufló en su obra maestra
(Un ser de majestuosa apariencia)
Con su aliento su mismo amor y sapiencia
Pero resultó que éste ser bendecido
Soberbio por cuanta abundancia tenía
Ingrato comenzó a competir entre sí
Arrebatando lo que a otros correspondía
Y en aras de su comodidad destruyendo
Cuanto tocaban sus manos violentas
Inventó etiquetas e irreconciliables rencillas
Despojó a los más débiles de la dignidad intrínseca
Que por ser sus semejantes les pertenecía
Y ansiando poseer para si mismo la gloria
No le importaron las consecuencias futuras
De acabar con lo que un día le fue confiado
El mago decidió inventar espejuelos
A través de los cuales pudieran sus criaturas
Observar a detalle cuanto proveyó para ellos
Y recapacitaran así sus vasallos
Acerca de la armonía perdida
Para que pudieran situarse humildes
En el lugar que les correspondía en su mundo
Para que pudieran sentir en sus almas
El intenso dolor de quien los amaba cual padre
Al verlos denigrarse en vez de trascender
Pero sólo había un detalle
Al inventar los espejuelos
Con ellos entregaría su vista
Sumergiéndose en las sombras por siempre
Y pensó que tal sacrificio podría
Despertar en ellos una conciencia
Una chispa al menos de todo
El amor que él por su obra sentía
Y es que tanto amaba tal obra
Y más aún a su criatura perfecta
Que mucho le dolía su amnesia
El deterioro que su codicia había causado
Entonces su fiel heredero ofreció
En caso de que los seres no razonaran
Entregar su inmortalidad en lugar del mago su vista
Y así bajó el heredero a ese mundo
Regalando a quien quisiera espejuelos
Algunos al ponérselos de rodillas cayeron
Exclamando: “¿Cómo pudimos ser necios?”
Otros en silencio lloraban pensando: “¡Me carcome el pecho!”
Los menos murmuraban serenos: “Esto lo he visto en mis sueños”
Pero la gran mayoría decía: “No veo”