Noelia Beteta

La idea de ti

Hay noches en las que el amor se parece demasiado a un sueño:
uno de esos de los que Descartes desconfiaba,
porque dentro de ellos todo parece verdadero
hasta que la mañana tiene la crueldad de despertarnos.

 

Y yo vivía ahí,
en esa región incierta donde el corazón fabrica realidades
y las defiende como si fueran absolutas.
Miraba sus ojos y pensaba:
“esto debe ser verdad”,
del mismo modo en que un hombre dormido cree tocar el mundo
mientras abraza únicamente sombras.

 

Qué frágil es la mente cuando ama.
Cómo acomoda los silencios,
cómo traduce la distancia en paciencia,
cómo convierte migajas en eternidades.
Yo mismo construí una caverna,
una tan perfecta como la de Platón,
y me senté dentro de ella a contemplar reflejos,
creyendo que aquellas sombras proyectadas en la pared
eran el cuerpo entero de su amor.

 

Pero el amor verdadero no debería necesitar interpretación.
No tendría que ser descifrado como un idioma antiguo
ni sostenido por la esperanza de quien teme quedarse solo.
Y aun así, seguí allí,
encadenada a la idea de ella,
confundiendo la calidez de mi deseo
con la existencia real de algo mutuo.

 

Hasta que un día la verdad hizo lo que siempre hace:
entró sin pedir permiso.

 

Y entendí que ella jamás habitó este sentimiento
con la violencia sagrada con la que yo lo hacía.
Que mientras yo levantaba templos con cada palabra suya,
ella apenas construía refugios pasajeros.
Yo la amaba como quien ofrece el alma
a cambio de un instante eterno;
ella me quería, quizá,
como se quiere a las cosas bellas que no pensamos conservar.

 

Entonces comprendí algo terrible:
el amor no siempre fracasa por ausencia,
a veces fracasa por diferencia.
Por la desproporción inmensa entre dos corazones
que pronuncian el mismo nombre
pero hablan idiomas distintos.

 

Y fue ahí donde desperté.

 

No porque dejara de amarla,
sino porque ya no pude seguir mintiéndome.
Porque incluso el soñador más obstinado
termina reconociendo el peso de la realidad
cuando descubre que el otro jamás soñó lo mismo.

 

Ahora camino fuera de la caverna,
pero la luz también duele.
Platón nunca habló suficiente
sobre el sufrimiento de abandonar las sombras que uno adoraba.
Porque hay ilusiones que, aun siendo falsas,
nos abrazan con más ternura que la verdad.

 

Y qué tragedia tan profundamente humana esta:
amar con toda el alma
a alguien que apenas nos sostuvo con las manos.