Leoness

Beat de neón y piel 2026

La sala es un glitch de serotonina. 

 

El aire pesa, saturado de bajos que te golpean el esternón 

mientras el pop y el rock se fusionan en un remix 

que parece diseñado por una inteligencia artificial con resaca. 

 

Hay un olor a perfume caro y cena gourmet 

que se mezcla con el magnetismo de una juventud que pisa fuerte, 

un enjambre de mujeres que dominan el espacio 

con la seguridad de quien es dueño del código fuente de la noche.

En medio del caos, ella.

No baila, colapsa el espacio-tiempo 

con un corte bob que corta el humo. 

Se mueve con una gracia que es pura anarquía, 

saltando de un género a otro sin pedir permiso, 

con un valor que hace que el resto de la pista 

parezca estar en cámara lenta.

 

Aterriza a mi lado, un aterrizaje forzoso 

pero perfecto sobre el mármol frío.

Un gin tonic —dice, y el mundo baja el volumen.

Lancé mi tarjeta como quien lanza un salvavidas, 

pero ella la apartó con una sonrisa de acero. 

Pagó ella. Me regaló su luck, ese aura de quien tiene el viento a favor, 

y una conversación que no necesitaba filtros de Instagram. 

Bailamos en una frecuencia que solo nosotros sintonizábamos, 

una coreografía de instantes robados al reloj.

 

La ciudad afuera es un escenario vacío, 

un render sin personajes. 

Caminamos por calles desiertas 

donde las farolas parpadean como corazones cansados. 

La amabilidad de sus palabras es el único refugio contra el asfalto.

Al llegar el alba, 

cuando el cielo se pone color ceniza y oro, 

soltó la propuesta:

Vamos a mi apartamento.

Allí, entre paredes que guardan el eco de la noche, 

dejamos de pensar. 

Todo lo que había estado flotando en el aire, 

esos impulsos que iban y venían 

como notificaciones en la pantalla de la mente, 

finalmente se materializó. 

No hubo algoritmos, solo nosotros.

Al final, entre las sábanas y la luz cruda de la mañana, 

el amor hizo el update definitivo 

y se quedó con todo el ancho de banda.