¡Ay, las niñas de mis ojos
que han dejado de ser tiernas!
Sin apenas percatarse,
pasaron a edad anciana
sin rozar la pubertad.
No tienen la candidez
que las caracterizaban.
Y el rey de los luceros, como siempre,
duerme en una cama cóncava
donde nadie pueda verlo.
Solo mis niñas podían mirar
y compatir su misterio.
Ahora, el rosario vespertino
no canta más con su tonadilla.
Es sepulcral su silencio.
Dicen que lloran los peces
lágrimas dulces.
Dicen que exhalan las rosas
perfumados suspiros.
Pero nadie, absolutamente nadie,
puede decirme si el agua
canta, llora o rie.
Solamente el niño
que roba las manzanas
trepando al árbol,
sabe apreciar el sabor;
el verdadero sabor agridulce
de su jugo.